El verdadero espacio arquitectónico –como el misterio de la belleza– no se impone: se revela.
No puedes forzar su aparición, por mucho que la desees. La arquitectura no se deja atrapar por la voluntad ni por la prisa. Solo se manifiesta cuando hay una disposición interior: silencio, apertura, acogida. Es en ese estado de espera confiada donde puede revelarse, como un don, una gracia. Pero si la exiges, si pretendes retenerla o hacerla tuya, se desvanece.
El espacio arquitectónico nace cuando el arquitecto calla y permite que la materia, el lugar y la luz hablen. Entonces, y solo entonces, la belleza puede revelarse.